La Desconocida y Trágica Historia de Tadeo García Rodarte (La Leyenda de la cantina “Las Quince Letras”

tadeo

(Está leyenda sobre “Las Quince Letras” fue escrita al alimón por Pablo Torres Corpus y Aníbal Llamas Zamora, para celebrar el día de muertos y presentada el primero de noviembre de 2014, en dicha cantina).

¡Ay Santo Padre mío! Fue la última frase, las ultimas quince letras que Tadeo García Rodarte, mejor conocido como “el toro”, pronunció antes de desmayarse por el susto que le provocó ver el rostro de la mujer que lo acompañaba en la borrachera de aquella madrugada.

Testimonios de la época aseguran que poco después que las campanas de Catedral anunciaran las tres horas del 22 de diciembre de 1890, se escuchó el grito de quince letras que Tadeo lanzó roto por el miedo y el alcohol, inmediatamente después un trueno estremeció Zacatecas y un voraz incendio acabó por completo con los cuartos de “el toro”.

fuegoDicen que, los vecinos asustados por la voracidad del fuego se organizaron para intentar sofocarlo pero muchos huyeron al oír los gemidos de dolor de Tadeo que fue despertado del desmayo por las llamas que cubrían su cuerpo.

Los que se quedaron al auxilio poco podían hacer ya que por más agua que echaran el fuego no cedía, por el contrario, se avivaba.

La labor se hacía aún más difícil por el azufre hecho aire que dificultaba la vista e impedía la respiración de los improvisados bomberos.

Aquel infierno paró hasta que una anciana desesperada por las monumentales llamas, lanzó una botellita con agua bendita; al momento las llamas desaparecieron, pero no así la azufrosa peste y las nubes de ceniza.

the-monkLos vecinos apenas se reponían del grito, el trueno, el incendio y su súbito fin, cuando descubrieron que todo en esa finca se había reducido a cenizas, excepto el cuerpo de Tadeo desfigurado por el fuego pero completo y conservando aún sus ropas, mismas que facilitaron la identificación de cuerpo.

Pocos durmieron esa fría noche, nadie daba crédito a lo sucedido y cuando el chisme recorría la ciudad, los pobladores nuevamente se paralizaron al enterarse que el cuerpo de Tadeo había desaparecido al llegar al templo de Santo Domingo.

Los vecinos que llevaban el pestilente cadáver juraban haberlo enpetateado, pero al llegar a la iglesia, en lugar del cuerpo encontraron sólo carbones.

Lo peor, el cadáver reapareció en el lugar donde había fallecido, ante esta tétrica situación solicitaron que acudieran a bendecir el lugar donde Tadeo murió.

Y así fue, un grupo de religiosos acudieron al lugar para bendecirlo, pero…

Al llegar a la casa otro trueno sacudió Zacatecas y un relámpago aclaró el tupido, cielo cegando por centésimas a los vicarios de Cristo que al recuperar la vista descubrieron que el cuerpo había desaparecido.

Los pocos escépticos de la ciudad aseguraban que en la borrachera Tadeo había dejado alguna vela prendida y por tanta mugre que guardaba había ardido así.

Pero no podían explicar el olor a azufre, ni cómo el fuego cesó, ni por qué el cuerpo de Tadeo pese a haberse quemado por horas sólo tenía la carne hervida, tampoco por qué su ropa no se había consumido; menos cómo el cuerpo desapareció del petate y apareció en la casa, y mucho menos cómo había desaparecido definitivamente.

Las más religiosas intuían que algo más que el azar y los infortunios de un borracho tenían que ver con ese terrible acontecimiento.

Para responder a estos enigmas había que buscar tiempo atrás, en los primeros años y juventud de Tadeo.

Fue Olbap Labina, un hombre reservado que dominaba la física, estética, retórica y matemática que conocemos la historia de “el toro”.

Labina conoció a Tadeo cuando tenía apenas 5 años, el niño mendigaba frente a Catedral y Labina dibujaba. Desde ese día al extranjero le llamó la atención aquel inquieto y solitario niño.

Un día Olbap invitó a comer Tadeito; además de la cuenta por dos pollos, 11 tortillas, dos elotes, un plato de frijoles, tres  buñuelos y 8 vasos de agua de hochata que el chiquillo se comió, Labina se quedó con la única información que se conoce de los primeros años del toro.

La madre de Tadeo murió cuando él nacía; su único familiar era Andrés mejor conocido como “el tiznado” que además del niño sólo tenía era una pobrísima vivienda, una carretilla, 52 años y hartos dolores; sobrevivían vendiendo leña, tunas y lo que podían recolectar en la periferia de Zacatecas.

Le decían el toro porque en una de sus incontables travesuras se cayó de frente quedándole un par de chipotes que se perpetuarían como coloradas marcas en la frente.

Cumplidos 11 años Tadeo entró a trabajar de mozo personal de la dueña de la mina del Rosario, la señorita María de Jesús Escobedo de Sarmiento y Cos, pálida mujer que se empeñaba por mostrar su amor a Dios y su desprecio por las personas.

Pese al carácter dictatorial y de la señorita, Tadeo encontró en ella la figura materna que nunca tuvo y siempre anhelo; el desconocimiento del amor maternal hacía que Tadeo confundiera lástima con aprecio.

Tal vez por esto, Andrés “el tiznado” que cada día se sentía más cerca del camposanto, decidió pedirle a la señorita que en caso de que él faltara se hiciera cargo del chamaco.

Con un gusto que bien supo ocultar, la señorita Escobedo accedió a la petición sin desperdiciar la oportunidad de humillar al angustiado padre.

Al poco tiempo, una mañana de abril de 1878 Tadeo se despidió de su padre que se iba la recolecta. Nunca lo volvió a ver, ni siquiera supo que pasó, por qué o cómo desapareció.

Para algunos la repentina desaparición de Andrés fue obra de la señorita, que ansiosa por apropiarse de Tadeo se encargó de adelantar el fin del tiznado.

Una semana después de la desaparición la señorita ya dominaba a Tadeo, le prohibió amistades, usar pantalón corto y preguntar por su padre; como recompensa le amplió el horario de trabajo.

Ahora Tadeo tenía que entrar a las 5 de la mañana, barrer y mojar la calle, cambiarle el agua los pájaros, regar a las macetas; ir por el mandado y antes de las 7 prepararle y servirle el desayuno; a las ocho tenía que llevar a la señorita a la oficina de la mina y de ocho treinta a de la mañana a siete de la noche tenía que estar de pie, junto a la puerta del despacho, atento a las órdenes y caprichos de su tutora.

Cuando acababa el trabajo en la mina, el toro tenía que regresar a la señorita a casa, prepararle el té, meter las macetas, rezar el rosario, limpiar la letrina y encerrarla.

Así era de lunes a sábado, el domingo el descanso se limitaba a cerrar a las cuatro de la tarde y de 5 a 6 ir a cobrar las rentas de la seño y a las 7 llevarla a misa.

Por la orfandad materna y el trabajo paterno Tadeo nunca conoció religión, su primer acercamiento fue cuando ya era mozo. Pero la forma en la señorita practicaba su devoción y las constantes amenazas de castigo divino hicieron que Tadeo lejos de sentir afecto por la religión, sintiera miedo a la iglesia y pavor a la furia divina.

En 1886 las dolencias de la señorita se le empezaron a desbordar del cuerpo, apurada por su cada día mayor inmovilidad sentó por primera vez en la mesa del comedor a Tadeo y ceremoniosamente le dijo que como premio a su lealtad y servicio por más de diez años le daría un cuarto propio para dormir dentro del archivo de la mina (ubicado en el espacio que ahora ocupa la cantina “Las Quince Letras”), pero…

Debía jurarle con sangre y ante Dios, lealtad absoluta hasta que ella muriera y sin descuidar sus labores debería cuidar con su vida el archivo donde guardaba todos los números y delitos relacionados con la mina, además de atesorar las evidencias de sus íntimos pecados.

Él no podría ir más allá del cuarto que le dio y mucho menos meter mano en los archivos, eso era exclusivo para la señorita.

Con la mano derecha sobre el corazón Tadeo juro cuidar el archivo como le ordenaba y que luego de ella muriera quemaría los papeles y entregaría a los pobres los demás objetos.

Días después de aquel pacto la señorita enfermó de neumonía y maldiciendo las atenciones que recibía murió dejando toda su fortuna, excepto la finca del archivo a Gabriel, su único familiar.

Zacatecas se escandalizó cuando supo que Gabriel era su hijo escondido, producto de una noche de pasión con un comerciante al que no volvió a ver.

El heredero que recién nacido había sido entregado a una familia de Monterrey, desconocía sus orígenes y fortuna legada, pero no tardó en venir a cobrarla.

A Gabriel cegado por la avaricia le molestó saber de la cercanía de Tadeo con la señorita y para desquitar el coraje lo mandó a picar piedra al socavón más profundo y peligroso de la mina.

mineros El absurdo castigo se convirtió en maldición para Tadeo, cada vez sufría más para entrar y salir de aquel agujero, el pesar físico y espiritual del toro crecía al unísono del socavón, su consuelo era el peyote que se untaba y el mezcal que se bebía.

Tan profundo y solitario era el agujero donde Tadeo trabajaba, que en la superficie los pocos que se acordaban de él ya lo daban por calavera.

Aunque el toro estaba acostumbrado a las friegas y no conocía la comodidad, en cuestión de meses perdió toda ilusión, el tiempo dejó de tener sentido, trabajaba por inercia, hasta que…

Tras una roca del tamaño de un marrano cabezón se encontró un pedazo de oro puro tan grande como su puño y tan brillante como el sol.

Ese trozo áureo le hizo recobrar los sentidos y fuerza, nunca en esa mina habían encontrado algo siquiera parecido, era pieza única.

Tadeo se dispuso a subir a la superficie, pensaba en la cara de asombro de los compañeros y la recompensa que recibiría cuando entregara el oro.

Pero el colosal esfuerzo por salir de ese agujero le hizo recordar que los celos absurdos de Gabriel lo habían confinado a esa sucursal del purgatorio.

Así que se escondió y a marrazos abrió su cantimplora para esconder la preciosa piedra, esperó a que el sol bajara y salió con sigilo.

Ya en el centro Tadeo se quebraba la cabeza pensando que hacer con el oro, quería ir a comprarse una olla completa de birria, pero recapacitó al pensar que el birriero no tendría como regresarle el cambio, capaz ni conocía el oro verdadero.

Así que mejor se fue al “Almacén de París”, de seguro ahí si conocían los metales preciosos y sí podrían darle vuelto.

Sin contestar el saludo que Tadeo lanzó, Clemente el inescrupuloso encargado del mostrador le espetó: “hora tú, qué quieres”.

El toro ufano contestó: “el mejor coñalc que tengas.”

“No fiamos a mugrosos” contestó Clemente.

“No quero fiao” dijo Tadeo sacando su tesoro de la bolsa y sonriendo agregó: “con esto aljusto”.

Los ojos de Clemente no sabían sí salirse por el asombro o meterse por el brillo del metal, la cara retadora se convirtió en amable máscara para ofrecerle las mejores selecciones.

A cambio de una comisión por no preguntar de dónde había tomado ese oro, Clemente le cambió la iluminada piedra por monedas.

Minutos después Tadeo agarró una parranda interrumpida sólo cuando el sueño o borrachera lo vencían.

Luego de una semana, en la mina seguían sin extrañarlo pero en el centro de Zacatecas Tadeo ya era famoso por la fiesta que traía, fiesta en la que no había más límites que los de sus riñones.

Los vagos, teporochos, borrachines, tahúres, músicos, prostitutas, gorrones y hasta los gendarmes de la ciudad se convirtieron en pajecitos de Tadeo que se sentía pleno, rico, feliz, guapo y poderoso, lo único que les faltaba era tiempo para divertirse.

La fiesta que duró meses, acabó el mismo día que el dinero.

Luego de dormir por 2 semanas, Tadeo despertó más flaco, solo, sin un peso y con una cruda que parecía exorcismo, desesperado por continuar la fiesta o cortar la resaca olvidó del pacto con la señorita y rompiendo puertas se metió al cuarto prohibido.

Ahí encontró libros, instrumentos musicales, sillas, mesas, joyas, dinero, vinos, destilados, licores y una galería que tapizaba las paredes (casi como luce ahora “Las Quince Letras)

La fortuna no lo abandonaba, con lo encontrado conectó la fiesta más alegre que la primera vez; gastaba más rápido de lo que respiraba.

franz-mLos excesos mermaron la fortuna, cuando la bola de pajes comenzaron a oler la pobreza empezaron a desaparecer hasta que Tadeo volvió a quedar solo.

Aunque esta vez fue más precavido, guardó para él solito algunas botellas y dinero que le permitió seguir comprando caricias por algún tiempo.

Durante la semana santa de 1890 Tadeo conoció a Micaela, una meretriz de exquisito rostro y despampanante figura, una mezcla de amor y deseo dominaron al toro que no dudó en ofrecer lo que traía para que pasara la noche con él.

Al consumarse el encuentro Micaela dejó de ser deseo para convertirse en obsesión, apenas se repuso Tadeo le pidió que se quedara con él para siempre, obviamente la Mica se negó y desapareció más pronto de lo que se desvistió.

Borracho y prendado de la mujer, el toro diariamente repetía la historia: alquilaba el amor de la Micaela y concluido el acto le pedía que no lo abandonara.

Micaela también repetía la historia: diariamente se iba con el toro, cobraba por fingir pasión; y se negaba a quedarse.

Las reservas de Tadeo le permitieron extender los encuentros hasta los últimos días de mayo de 1890.

El tres de junio, cumplidos tres días sin que pudiera tocar a la Micaela, Tadeo quiso ahogar la frustración y el deseo con más y más alcohol hasta que acabó hasta con el “perjume” que usaba.

Sin dinero y sintiendo que se ahogaba por el remordimiento y la necesidad de la mujer y el alcohol, el toro salió a la calle a pedir limosna, pero como ya era conocido en Zacatecas por sus descarados excesos nadie le dio ni una triste moneda.

De regreso en la casa, con el alma a punto de explotarle dentro del cuerpo, Tadeo cerró los ojos y gritó con potencia:  “Satanás manifiéstate quiero venderte mi alma”.

Al abrir los ojos, el cuarto estaba igual, así que otra vez cerró los ojos y con un grito más extendido dijo: “Satanás manifiéstate quiero venderte mi alma”, un crujido hizo temblar a Tadeo que al abrir los ojos lo único que encontró fue un gato panteonero.

Con una molestia que apenas igualaba su desesperación apretó los ojos y puños y lanzando en un aturdidor grito toda su esperanza, nuevamente invocó a Satanás.

No escuchó nada; pero al abrir los ojos, frente a él estaba un elegante individuo que tenía como lengua una serpiente.

El catrín le dijo “acepto caballero, dígame lo que quiere a cambio de su alma”.

Tadeo no podía responder, la impresión le había pegado la lengua al paladar, pero como pudo contestó “te doy mi alma a cambio de vino, dinero y Micaela para siempre”

1836696_10154839721915492_3937256044560012444_o“Trato hecho, lo tendrás a cambio de tu alma y dime cuando vengo por ella” respondió el Diablo.

Confiado en que había pedido lo que más quería: dinero, vino y a Micaela, y seguro que nunca se aburriría de ello, Tadeo replicó “vendrás por mialma el día que me aburra del dinero, vino o Micaela,  saludt por el trato ”

Sonriendo, el Diablo lo miró a los ojos y le dijo “aún no es tiempo de brindar” y desapareció.

Al momento el cuarto se volvió a llenar de vinos y destilados, Tadeo no cabía de emoción, sus bolsillos estaban repletos de dinero, corriendo fue en busca de Micaela y nuevamente alquiló su amor.

Esa noche después de poseerla, Tadeo le volvió a pedir que se quedara con él; para su sorpresa, esta vez Micaela aceptó.

Al día siguiente el toro compró casa nueva y armó una fiesta que ni dormido se detenía, lo que sí se detenía era la fidelidad de la Micaela que aprovechaba los sueños de Tadeo para seguir ejerciendo su oficio.

A lo largo de seis meses la borrachera impidió que Tadeo descubriera el engaño, hasta que una madrugada, cuando la sed lo despertó descubrió que la Mica no estaba.

En busca de su mujer y bebida el toro se levantó, lo primero que encontró fue a Micaela, pero prensada al cuerpo desnudo de un extraño que al ser descubierto escapó por la puerta principal.

Con la sangre hirviendo Tadeo vomitaba ofensas y golpes sobre la Mica, cuando desquitó el coraje, corrió a la mujer de la casa, golpeada pero sonriente Micaela le dijo “no me puedo ir, tu pediste una Micaela para siempre y aquí estaré”.

El toro, recordó el pacto diabólico y se fue a la cama con la lengua hecha nudo.

Durante días el minero estuvo pensando cómo deshacerse de la mujer, si la mataba o cambiaba, el Diablo vendría por su alma y ni remotamente quería irse al infierno, pero no soportaba la traición y menos las visitas de Micaela, que para entonces ya había perdido todo pudor y se alquilaba delante de Tadeo.

La mañana del 22 de diciembre de 1890 los gritos pasionales de Micaela interrumpieron el sueño del cornudo, que harto del numerito salió a vengar la afrenta.

En un tugurio Tadeo pasó la tarde bebiendo, de repente oyó una voz que decía “Micaeeela” furioso se levantó buscando a su mujer, pero se trataba de otra Micaela, más bella, más joven, con mejor cuerpo y maravillosa sonrisa.

Alegre por la confusión la sacó a bailar, mientras se movían cuerpo a cuerpo y pese a la borracherota tuvo la gran idea…

Tadeo le había pedido al Diablo a la Micaela para siempre, pero no le había especificado qué Micaela.

La nueva y mejor conquista también se llamaba Micaela. Así que creyó que al sustituir a la vieja Micaela por la nueva podría seguir gozando de la vida.

La nueva Micaela no oponía resistencia a ninguna de las peticiones de Tadeo le pidió que se fueran a un lugar donde pudieran expresar sus lujuriosos deseos.

Como en la nueva casa del toro se encontraba la primera Micaela con otro cliente, Tadeo decidió llevar a la joven Micaela a la vieja casa donde había firmado el pacto con Satanás.

Ya en la casita explotaron la libido y entre más la poseía, más bebía y botella tras botella la volvía a invadir.

tadeo grabLuego de horas de éxtasis Tadeo quedó inconsciente.

Las campanas de la Catedral, lo hicieron cobrar conciencia, junto a él y de costado estaba el espectacular cuerpo desnudo de la nueva Micaela, era tal la belleza que parecía desprender fuego.

Tadeo empezó a acariciarla nuevamente, la nueva Micaela accedía con cadencia, los ánimos iluminaban el cuarto; Tadeo quiso besarla pero al voltearle la cabeza se encontró con un espeluznante rostro que llevaba como lengua una serpiente.

Al ver este horror Tadeo grito: “¡¡¡Ay Santo Padre mío!!! y se desmayó, inmediatamente después un trueno estremeció todo Zacatecas y un voraz incendio acabó por completo con los cuartos de “el toro”.

Los vecinos asustados por la voracidad del fuego se organizaron para intentar sofocarlo pero muchos huyeron al oír los gemidos de dolor de Tadeo que fue despertado del desmayo por las llamas que cubrían su cuerpo.

Al despertar por los ardores del fuego vivo, en medio de ese infierno Tadeo vio que el espectacular cuerpo de la joven Micaela se había convertido en el de una asquerosa chiva que aún conservaba el tétrico rostro.

Frente al minero una grave voz le dijo: “he venido a cobrar, ni tu alma ni tu cuerpo tendrán reposo y ahora sí… Salud”

Pablo Torres Corpus

Aníbal Llamas Zamora

las15

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